
Incluso antes de soltar el pelo de las pocas hierbas que les alumbran, ellos y ellas que tanto alteran su mundo, a brazada limpia, luchando por entender, llamando la atención por ser entendidos, los recién llegados a la primera juventud andan alborotados, como se les es propio e inevitable.
Naturalmente, que esta pletórica turbamulta de hormonas sobresaltadas, glándulas a punto de ebullición, gritos y risas a gogó, empujones, carreras, abrazos, promesas, secretos y granos imprudentes, acné vergonzante, entre ortodoncias que ciegan y gafas de diseño que molan, mochilas al hombro y cigarrillos al por mayor, botellones al relente, miradas, guiños, suspiros, complejos, miedos, retos, respingos, sueños de amor y sospechas de pasión,... naturalmente, que esta generación y todas las generaciones que se renuevan a sí mismas, una y otra vez, diluyéndose en el futuro que es su abismo por salvar, van y repiten, una y otra, idénticos comportamientos que señalan sus ansiedades.
Y a la mínima que se descuidan ya se enamoriscan, ellas y ellos, dejándose prendar por el muchacho de la clase que hocica en torno o la muchacha de la pandilla que voltea vitalidad, mientras se miran sin descanso, se abrazan sin recato y se besan y besan, hasta fundirse en un éxtasis que es imperecedero, al menos, mientras dura, y entretanto se miran y dan la mano, y no se separan, entre el resto de la marabunta que apabulla e incomoda, la pareja de mocosos enamorada y pendientes entre sí hasta la extenuación.
Conocida estampa, pues, que escandaliza y da envidia, como cuando nosotros fuimos también protagonistas de las alferecías que nos dieron la vida, entonces, ahora y siempre, mientras los besos se eternizaban, a falta de otras posibilidades, y vuelta a besarse, hasta el sin fin de quienes nos creímos en el álgido punto de la efervescencia, como ahora se creen, quienes creen haber descubierto el amor de su vida, beso tras beso, abrazo tras abrazo, restregón tras restregón, pasión desatada por el deseo y la inocencia de quienes creen que ya han acertado con lo que soñaban cuando no podían dormir.
Felices, pues, mientras están con el o la amada, entregados a la fe de no dejarse de mirar, enfebrecidos de juvenil pasión, mientras sufren la incertidumbre del día de mañana que no controlan, ellos que son los amos del mundo mientras están juntos, dependiendo de demasiadas cosas que no aceptan, aunque hayan de volver a diario a casa.
Amor desatado entre arrumacos al aire libre, en el patio del instituto, en la esquina, a la intemperie de corrientes, sobre el césped del parque, en el rincón disimulado de sus ardores inalcanzables, ahora que acaban de dejar la escuela y ya son mocerío que pide paso.
Logroño 3 – Noviembre – 2..009





